MapaDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa larga frontera trazada por Cyril Radcliffe generó uno de los mayores éxodos de la historia y ahondó la violencia religiosa.

Cinco semanas. Ese fue el tiempo que le dieron las autoridades británicas al abogado Cyril Radcliffe para que trazara una de las fronteras más polémicas de la historia: la división entre India y Pakistán.

Este año se cumplen 70 años de aquella partición, que sigue siendo un foco de tensión entre los vecinos asiáticos.

Todo comenzó al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando el Reino Unido le dio la independencia a India, su excolonia.

También aceptó las demandas para crear una nación separada para los musulmanes de esa región.

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Cómo se hizo la traumática división de India y Pakistán hace 70 años

Fue así que el 15 de agosto de 1947 nacieron India, de mayoría hindú, y Pakistán, de mayoría musulmana.

Millones de personas salieron a celebrar ese día, a pesar de que aún no se habían establecido las fronteras de ambos países.

Radcliffe, quien había sido nombrado presidente de la Comisión de Límites, recién dio a conocer su trazado un par de días después de la independencia.

Cyril RadcliffeDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionRadcliffe nunca había visitado India antes de aceptar trazar su nueva frontera con Pakistán.

Sangriento

Muchos tuvieron una desagradable sorpresa. Comunidades enteras que durante siglos habían convivido -aunque a veces con violencia- decidieron mudarse.

Se estima que más de 12 millones de personas atravesaron la línea que trazó Radcliffe en busca de un nuevo hogar, en lo que es recordada como una de las migraciones más grandes y más mortíferas de todos los tiempos.

La frontera que trazó Radcliffe se extiende por 2.900 kilómetros y aún hoy sigue siendo motivo de polémica.

La principal controversia en 1947 fue en torno a dos provincias con cantidades similares de pobladores musulmanes y no musulmanes: Bengala, en el este, y Punjab, en el oeste.

Radcliffe debió decidir cómo partir esas provincias, que estallaron en un conflicto religioso que dejó cientos de miles de muertos.

Mapa de la frontera original de 1947Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEsta fue la línea que trazó la Comisón de Límites, liderada por Radcliffe, hace 70 años.

Primer viaje a India

Radcliffe nunca había estado en la India británica cuando aceptó liderar la Comisión de Límites. Según sus críticos, tampoco entendía la cultura social o política de ese país.

Llegó a India el 8 de julio, apenas un mes antes de que se declarara la independencia de esa nación.

En su poema “Partition” de 1966 -dedicada a la tarea de Radcliffe en India- el escritor británico W. H. Auden consideró: “Al menos era imparcial cuando llegó a su misión, Ya que nunca había visto esa tierra antes de hacer su partición”.

Aparte de la falta de tiempo, su tarea se vio aún más complicada por el hecho de que los mapas en los que se basó estaban desactualizadosLos censos que usó también eran inexactos.

Y debió apoyarse en consejeros -dos jueces musulmanes y dos hindúes- que no lograban ponerse de acuerdo entre sí.

Tren dejando Delhi en 1947Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionMusulmanes de Delhi se mudan a Pakistán en 1947.

El secreto de Lahore

Años después de haber concluido su trabajo, Radcliffe reveló un dato histórico muy significativo.

Contó que en su trazado original le había dado la ciudad de Lahore, en la provincia de Punjab, a India.

“Luego me di cuenta de que Pakistán no tendría ninguna ciudad grande, y ya había reservado Calcuta (en Bengala) para India”, le dijo en 1971 al periodista Kuldip Nayar, autor del libro Scoop, Inside Stories from Partition to the Present (“Exclusiva, historias desde la partición hasta el presente”).

Hoy Lahore es la segunda ciudad más poblada de Pakistán.

Sikhs en un campo de refugiados en 1947Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl conflicto también afectó a la comunidad sikh, que optó por quedarse en India.

El adiós definitivo

Radcliffe se fue de India apenas concluyó su tarea, quemando todas sus notas antes de partir.

Jamás volvió a visitar India o Pakistán.

Sabía lo que pensaban de él los locales. “Habrá 80 millones de personas con quejas, buscándome”, señaló. “No quiero que me encuentren”.

A su regreso a Londres se lo nombró Caballero de la Orden del Imperio Británico.

Algunas versiones indican que se rehusó a cobrar las 3.000 libras esterlinas (hoy cerca de US$4.000) que el gobierno le ofreció por su trabajo.

Cyril RadcliffeDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionRadcliffe nunca regresó a India o Pakistán, ni recorrió la frontera que él creó.

En su entrevista con Nayar, Radcliffe fue consultado sobre si había quedado satisfecho con la frontera que trazó.

No tuve alternativa“, respondió “El tiempo que me dieron fue tan breve que no fue posible hacer un mejor trabajo”.

No obstante, reconoció que “si me hubieran dado 2 a 3 años, quizás hubiera podido hacer algunas mejoras”.

Se estima que entre 500.000 y un millón de personas murieron como consecuencia de la violencia religiosa que se desató tras la partición de India y Pakistán.

Y, 70 años después, la “Línea Radcliffe” -como la llaman muchos- sigue generando peleas entre ambos países.

Profesión : Gitano en Graná.

Publicado: agosto 3, 2017 en Uncategorized


Aquellos que visiten la Alhambra están destinados a encontrar, casi siempre dando vueltas entre la Torre de la Justicia y el Palacio de Carlos V, al ‘príncipe de los gitanos’ (según reza su tarjeta de visita)”. Así lo observaba uno de aquellos viajeros extranjeros de finales del XIX y comienzos del XX que universalizaron las hasta entonces domésticas tradiciones de la España más profunda y a algunos de los disparatados personajes que la habitaban.

LA SENTENCIA CORRESPONDE AL ESCRITOR GALÉS LEONARD WILLIAMS, QUIEN RECOGIERA EN SU LIBRO GRANADA (1906)

Las experiencias vividas en sus viajes por la provincia durante veinte años. Y la mención a aquel príncipe de los gitanos, cuya tarjeta de visita dice exactamente “Príncipe de los jitanos. Modelo de Fortuny”, alude a Mariano Fernández Santiago. Conocido por todos como Chorrojumo.
La imagen de Chorrojumo se había convertido ya en emblemática entre quienes visitaban Granada unas décadas antes de que Williams lo difundiera aún más en su exitoso libro. Y fue así porque el mismo Fernández Santiago supo ser el mejor director de marketing de sí mismo y entendió el beneficio que podía cosechar merced a su físico, a su vestimenta, y por qué no, a su carisma. En un tiempo en el que el Romanticismo había hecho de España uno de los países más sugerentes por su exotismo entre los foráneos, en tanto que los intelectuales podían encontrar en ella personajes y formas de vida aún no contaminadas por las modas europeas y las innovaciones de la Revolución Industrial, el mundo gitano se trata como uno de los más representativos de esa vida tradicional apasionada, aún no emponzoñada por la modernidad. Y Chorrojumo personificaba muy bien esa tradición… y además era listo y sabía aprovecharse de ella.
Nacido alrededor de 1824 y padre de seis hijos, parece que el mito de Chorrojumo germinó cuando ya estaba crecidito nuestro protagonista.
Y en su popularidad mucho tuvo que ver uno de los pintores más estimados del XIX patrio: Mariano Fortuny. Andaba en 1868 el célebre artista disfrutando con su esposa de su viaje de novios, admirando las peculiaridades del Sacromonte, el tradicional barrio en el que tenían su residencia buena parte de los habitantes de etnia gitana de Granada. Sensible a las escenas potencialmente pictóricas, Fortuny quedó admirado viendo cantar a tres gitanos que golpeaban el yunque con sus martillos. Uno de ellos le llamó la atención por su piel especialmente ennegrecida. El pintor le propuso hacerle un retrato, no sin antes vestirlo con ropajes de corte folclórico: unas polainas, una camisa de chorreras y un sombrero alto; había nacido el mito del Chorrojumo, el gitano del Sacromonte que todo visitante, en los albores del turismo, iba a querer conocer.
El trabajo en la fragua había de ser bastante fatigoso, y Mariano Fernández, al abrigo de esta naciente fama, vislumbró una manera menos laboriosa de sacarse unas perras. Ataviado con su camisa, su chaleco y su sombrero, engalanado su rostro por unas inmensas patillas, cambió la fragua por los aledaños de la Alhambra, y se acompañó por una bolsa con postales con su fotografía y el lema antes comentado: “Príncipe de los jitanos. Modelo de Fortuny”. Los viajeros bohemios y románticos, ávidos de ese extravagante folclore, de rememorar su viaje al regreso a su lejano hogar con recuerdos que parecían venir de un mundo muy extraño, no tardaron en fomentar el negocio que empezaba a vislumbrar Chorrojumo.
Pronto comprendió el antiguo herrero que su porte, su tez intensamente morena y su temperamento eran en sí mismo una oportunidad de lucro. Y comenzó a cobrar a los turistas por fotografi arse con él. Tal fue el éxito de su iniciativa que Chorrojumo decidió ir un poco más allá. El gitano fascinaba a los viajeros, probablemente a muchos les sabía a poco ese mínimo instante que los inmortalizaba juntos.
¡Qué mejor que un gitano de pura cepa, un granadino de alcurnia y tradición, como guía del monumento de la ciudad por excelencia!
Y su picaresca continuó sacando dinero a manos llenas a los visitantes sin ser especialmente escrupuloso con la verdad de sus explicaciones sobre la Alhambra. Es más, buena parte de las descripciones históricas y legendarias que daba en sus pasos por la fortaleza roja provenían de las escritas por el exitoso escritor norteamericano Washington Irving en sus Cuentos de la Alhambra.
La fama de Chorrojumo crecía y se hacía llamar indistintamente “príncipe de los gitanos” y “rey de los gitanos”. Hasta el punto se extendió su fi gura que incluso algunos viajeros acudían a la ciudad con el objeto principal de conocerlo. Chorrojumo era en cierto modo una imagen de marca de la ciudad, una atracción turística más de Granada. No tardaron en salirle imitadores que intentaban vivir a la manera a la que lo había conseguido Mariano. Su fi gura fue creciendo en vida y no cejó de hacerlo tras su muerte. Los diarios lloraron su defunción en obituarios respetuosos: “En Granada ha fallecido un gitano, cuya popularidad traspasó la frontera y le dio a conocer en el extranjero, especialmente en Inglaterra”, escribió La Época el 14 de diciembre de 1906. Su peculiar estilo, su visión adelantada de las posibilidades del turismo, su componente folclórico, hicieron del “príncipe de los gitanos”, del extravagante gitano inmortalizado por Fortuny, una figura perenne en el imaginario colectivo de la ciudad de la Alhambra. Hoy una estatua en la entrada del barrio de Sacromonte lo recuerda como el referente de una época en la que el romanticismo, la curiosidad y su anticipación vital lo dejaron vivo para siempre.

 Historia de Iberia Vieja.

SANGAKU…Matemática Sagrada.

Publicado: agosto 3, 2017 en Uncategorized

El Sintoísmo es el nombre que recibe la religión tradicional japonesa y aquella que tiene más seguidores en el país del sol naciente (después del budismo japonés). Se basa en la veneración a los Kami (espíritus de la naturaleza), en la observancia de estrictas reglas familiares  y el respeto a la tradición.
Una de las tradiciones más importantes del Sintoísmo es colocar pequeñas tablillas con inscripciones en la puerta de los templos, destinadas a complacer a los dioses. Durante el periodo Edo (dos siglos en los cuales la isla superó sus divisiones internas, se aisló del resto del mundo y vivió bajo el mandato del Shogun) esta tradición no hizo sino volverse más popular, pero además de las “ofrendas” en forma de tablilla surgió una curiosa variante: los Sangaku.

Los Sangaku consisten en problemas de lógica matemática inscritos en las tablillas. Cada uno de ellos tiene un autor específico, el cual firma el problema y lo deja en el templo.

Pero no se trata de una ofrenda o un ritual religioso. En este periodo los templos eran seguramente el lugar de mayor tránsito de la región, por lo que el objetivo de las tablillas realmente era llegar a la mayor cantidad de personas posibles. Cualquiera, desde un Samurái (un señor feudal) hasta el más humilde campesino, podía tomar la tablilla y sentarse a tratar de resolver el problema.
Así, las matemáticas en Japón se convirtieron en una especie de “tradición popular”. Debido al aislamiento no había muchas novedades en la sociedad, por lo que muchos se dedicaban en lleno a resolver estos problemas, lo que se vino a convertir en una “gimnasia para el alma”.
Si bien la mayor parte de los problemas son bastante sencillos, algunos involucran nociones bastante avanzadas. Sin embargo, por lo general se trata de problemas de geometría euclidiana que tienen una solución relativamente fácil, por lo que sirvió para incrementar el interés de la población en estos problemas.
Pero lo que es aún más interesante: los problemas matemáticos propuestos en las tablillas fueron origen de algunos de los primeros teoremas matemáticos japoneses. Por ejemplo, los dos teoremas de Mikami-Kobayashi, el primero de los cuales también llamado Primer Teorema Japonés, fueron producto de los Sangaku.
Lamentablemente, con la Restauración de mediados del siglo XIX muchas de las antiguas tablillas (algunas de las cuales tenían varios siglos de antigüedad) se perdieron, y en la actualidad solo quedan unas 900. Sin embargo, son suficientes para recordarnos de lo particular de la sociedad japonesa y de su curioso amor por las matemáticas.

Publicado: julio 25, 2017 en Uncategorized

El cuaderno de Marie Curie que, aún hoy, puede matarte
Hay libros que son peligrosos. Y cuando digo peligrosos no pienso en sus ideas, en sus proclamas o en sus faltas de ortografía. Digo’peligrosos’ en sentido literal. Libros que pueden causar enfermedades, hacer daño o incluso matar a sus lectores.
Esos libros existen y algunos de ellos se guardan en lugares tan poco dados al misterio como la Biblioteca Nacional de Francia. En sus sótanos se almacenan un montón de cajas de plomo que guardan papeles, cuadernos e incluso libros de cocina. Unas cajas que componen la colección de Pierre y Marie Curie y que después de todos estos años siguen siendo peligrosamente radioactivos.
Muy radioactivos, de hecho. Tanto que los investigadores que desean acceder a esos documentos no solo deben manipularlos con ropa de protección, sino que tienen que firmar un descargo de responsabilidad.

Marie Curie no necesita presentación. Sus trabajos supusieron contribuciones fundamentales a la ciencia del siglo XX y fue la primera persona en ganar dos premios Nobel. Eso sí, lo hizo con grandes sacrificios y mucho sufrimiento.
Curie murió por anemia aplásica. Se trata de una rara enfermedad vinculada, en este caso, a la radiación. La exposición continuada acabó por destruir las líneas celulares de su médula ósea y esa falta de eritrocitos (glóbulos rojos) acabó por llevarla a la tumba.
Tanta radiación contenía su cuerpo que, para poder enterrarse en el Panteón de París (donde Francia entierra a sus figuras ilustres) y según cuentan las crónicas de la época, hubo que confeccionarle un ataúd con paredes de plomo.
Los Curie vivieron toda su vida rodeados por la radiación. En sus memorias, Curie relataba como su laboratorio se iluminaba por la noche de luces tenues color azul y verde. El laboratorio donde descubrieron el radio, a las afueras de Paris, fue utilizado hasta 1978. Luego fue abandonado.
En la década de 1980, Le Parisien empezó a publicar sobre el alto número de cánceres en el vecindario. La respuesta no fue rápida, hubo que esperar hasta 1991 para que las autoridades limpiaran el edificio y retiraran los instrumentos, libros y cuadernos para destruirlos (o almacenarlos en lugares seguros).
Así que no es extraño que los documentos de trabajo de los Curie y de sus ayudantes fueran radiactivos. No deja de ser algo curioso. Los libros antiguos, las reliquias del pasado, se suelen guardar cuidadosamente para evitar que los usuarios los dañen. En este caso es al revés, los libros se guardan para proteger a los lectores.

Artículo no aconsejable a personas sensibles.

Las tropas del emperador Hirohito llevaron el sufrimiento y la muerte a prisioneros de guerra y civiles por igual

Tanto prisioneros de guerra como población civil tuvieron que sufrir durante su estancia en los campos de trabajo japoneses situaciones sumamente desagradables. Los nipones sometieron a sus víctimas al hambre, las vejaciones, la más pura y neta esclavitud y, en algunas ocasiones, a ser devorados por sus captores.


La
 enemistad entre Estados Unidos y Japón tuvo como pistoletazo de salida la invasión de la Indochina francesa llevada a cabo por el país asiático en 1940. Dicha ocupación provocó que el país norteamericano anulase los acuerdos comerciales firmados con el Imperio del Sol Naciente y el embargo del petróleo tan necesario para la deseada expansión nipona; la cual el país norteamericano quería evitar a toda costa. Si a esto le sumamos la firma del Pacto Tripartito con Alemania e Italia (27 de septiembre de 1940), así como la sustitución del primer ministro Fumimaro Kone –incapaz de alcanzar un trato satisfactorio con la administración de Roosevelt– por el belicoso general Tojo Hideki en octubre de 1941, las condiciones para el inicio de las hostilidades en Pearl Harbor eran sumamente favorables.La infamia de la que hicieron uso las tropas del emperador durante el desarrollo del conflicto no tiene parangón en la historia militar mundial hasta la fecha.

Violaciones en Nankín

Según la guerra se iba desarrollando, y tras varias derrotas japonesas de importante calado (Midway, Guadalcanal o Iwo Jima) se hizo evidente la incapacidad de los asiáticos para poder derrotar a la larga al país norteamericano, en parte debido a la falta de recursos que padecían.

Dicha carencia de suministros acabó siendo una de las motivaciones  (aunque ni muchísimo menos la única) para las atrocidades cometidas. La práctica de la vileza, en la que los soldados japoneses demostraron ser auténticos maestros, estuvo íntimamente ligada con la asociación de la figura del emperador a la de un ser sobrenatural.

Ya durante la ocupación de China, las fuerzas imperiales dejaron muestras más que evidentes de un comportamiento salvajerepugnante e impropio de cualquier ser humano civilizado. Laurence Rees en su obra «El Holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la Segunda Guerra Mundial» narra sucesos como los acaecidos en la masacre de Nankín (diciembre de 1937), durante la que –al margen de las violaciones y posteriores asesinatos de mujeres– los isleños se dedicaron a abrir «el estómago de mujeres embarazadas para clavarles la bayoneta a los fetos».

Resalta Rees que, también durante la invasión de China, en otra ocasión en la que los soldados «buscaban la manera de divertirse» tomaron la decisión de coger a una joven de 27 años y, como explicó el soldado Enomotoprenderla fuego por el simple gusto de ver como moría.

Este mismo sujeto, también decidió en su momento matar a sangre fría al progenitor de una niña de 15 años. La razón fue, según sus palabras, que «quería violarla, así que me dije que si aquel hombre era su padre no le haría ninguna gracia». Tras forzar a la joven acabó asesinándola también sin el más mínimo pudor.

Siendo cuestionado Enomoto, tras la guerra, acerca de su carencia de sentimiento de culpa a propósito de los sucesos ocurridos durante la campaña china, este respondió: «Estaba luchando en nombre del emperador. Él era un dios. Y, en nombre del emperador, podíamos hacer contra los chinos lo que se nos antojara».

Canibalismo y experimentación

Fue el profesor Yuri Tanaka quien, en la década de los 90, tiró de la manta dejando al descubierto los casos de canibalismo entre las tropas de Hirohito. Según las palabras del mismo: «El canibalismo era una práctica mucho más habitual de lo que se había creído».

durante la campaña china, las tropas japonesas ya llegaron a caer en el canibalismo

debido a la escasez de alimentos. A este respecto

–el ya recurrente por sus fechorías– Masayo Enomoto devoró a una joven

junto a sus camaradas tras haberla violado y hecho todo tipo de perrerías. Con respecto al sabor de la chica, lo describió como

«rica y tierna. Creo que era más sabrosa que la de cerdo».

Si pensamos (y con razón) que la Alemania nazi realizó los más grotescos experimentos con las minorías que poblaban los campos de concentración, sus aliados asiáticos no les andaban a la zaga –ni muchísimo menos– en lo que a inhumanidad se refiere. Sobradamente documentados están los ataques contra poblaciones civiles a las que «fumigaban» con todo tipo de patógenos (malaria, cólera, lepra), así como los experimentos a lo Josef Mengele que realizaban tanto con enemigos capturados como con civiles.

Hambre e ingeniosas torturas

Cuando tuvo lugar la rendición, los testimonios y la situación de aquellos que habían estado sometidos a la esclavitud pusieron de relieve la mezquindad de los «Buntai Joe» (supervisores) de los campos y del resto de captores. El trato que daban al preso consistía en palizas, amputación de miembros, inanición y falta de suministros médicos. Los abusos, tales como los anteriormente descritos, formaban parte del día a día de todos aquellos que iban a parar a las minas de carbón del barón Mitsui o a cualquiera de las fábricas repartidas por la geografía japonesa.

Son los propios afectados quienes, en el libro escrito por George Weller «Nagasaki: Las crónicas destruidas por MacArthur», explican varios de los crueles castigos que se les infligía. Uno de estos desdichados hombres describe como les obligaban a «beber grandes cantidades de agua y luego saltaban sobre sus estómagos». A otros los «dejaban sin conocimiento a base de golpazos y descargas eléctricas» o bien los golpeaban con porras y varas de bambú «porque con ellas podían alcanzarte mejor y les hacía sentirse más grandes».

A propósito de los trabajos forzados que tenían que realizar los presos aliados en los campos nipones –a los cuales ya llegaban en condiciones cuanto menos mejorables tras sufrir marchas de la muerte como la de Batán (1942)– estos sobrepasaban con mucho lo que cualquier ser humano es capaz de soportar durante un tiempo prolongado. Así nos encontramos con jornadas interminables en minas o en fábricas, en situaciones paupérrimas y con abusos constantes. Uno de estos soldados aliados esclavizados describe en el libro de Weller esta época como «años de tortura, indescriptibles para el mundo civilizado».

Fueron muchos los prisioneros que se vieron en la

necesidad de autolesionarse

con el fin de poder sobrevivir:

disparos «accidentales» en algún miembro, aplastarse un pie con una roca o cortarse un pulgar se convertían en la única forma de que un desdichado cautivo pudiera escapar del tormento nipón

(al menos por un breve periodo de tiempo). A todo esto debemos añadirle la pérdida de peso producto de la

falta de alimentos

y de una dieta que, en algunos casos (y no en los peores), se resumía a

un par de tarros de arroz al día

.

Entre las «anécdotas» acerca de los campos japoneses que aparecen en la obra de Weller, destaca la que hace referencia al demente teniente primero Murao que empleaba el béisbol como método de tortura.

Este carcelero era un auténtico seguidor del «mayor pasatiempo americano», tanto que tuvo la ingeniosa idea de crear su propia «liga» utilizando en la misma a los desnutridos presos como jugadores. Además, como se señala en el libro, ni siquiera escogió a aquellos que estaban en mejores condiciones, sino que comenzó empleando a los que se encontraban en el hospital del campo donde él trabajaba como médico.

El presenciar a un montón de maltrechos americanos -que en algunos casos estaban 30 kilos por debajo de su peso– arrastrándose (literalmente) por un improvisado campo de béisbol mientras un sádico «entrenador» japonés con gorra daba órdenes y tomaba apuntes, debía provocar una sensación que se encontraba entre lo surrealista y lo macabro.

La locura del «coach» llegó tan lejos que hizo planes para construir nuevos hospitales y así contar con más miembros en su «equipo» de cadáveres andantes. Sin embargo, sus absurdos planes tuvieron como resultado su salida del campo de prisioneros.

Los jefes de Murao debieron pensar que era mejor matarlos trabajando que haciendo deporte.

Aunque parezca mentira, la dura vida de los prisioneros anteriormente relatada suponía un lujo en comparación a la suerte que les tocó correr a otros. Según Beevor, los médicos japoneses llegaron a hacer disecciones a soldados aliados estando estos aún vivos. Otros incluso fueron devorados por el enemigo cuando había carencia de suministros.

«La bomba no destruyó lo suficiente»

No fueron pocos los soldados esclavizados aliados que mostraron sin tapujos su felicidad tras la caída de las bombas en Hiroshima y Nagasaki, según los testimonios recogidos en el libro «Nagasaki». Encontramos así afirmaciones como: «La bomba atómica no mató ni a la mitad de los que debió haber matado» o «la bomba atómica fue un regalo del cielo, pero no destruyó lo suficiente».

El sufrimiento y los castigos infligidos a aquellos a los que se les había despojado del más mínimo rastro de dignidad humana tocó a su fin con la rendición japonesa.

«La bomba atómica no mató ni a la mitad de los que debió haber matado»Soldado estadounidense

Los

padecimientos de los civiles nipones

–a causa del ataque nuclear norteamericano– contrastaban notablemente con la situación de

Hirohito

, siempre desde su

torre de marfil

. Según explica Beevor, una de las principales razones por las que los japoneses se negaban a rendirse radicaba en la idea de que esto

podría suponer el fin para el emperador

; un individuo al que adoraban

como si de un dios se tratase

y cuya figura se convirtió en la

perfecta justificación

para los crímenes cometidos.

En palabras del primer ministro Tojo, recogidas en «Instrucciones para el servicio militar», se da una idea acerca de la opinión que se tenía –previamente al ataque nuclear– desde el gobierno acerca de la posibilidad de abandonar las hostilidades. El dirigente del país asiático se refirió al soldado japonés en los siguientes términos:

«No sobrevivas en la vergüenza como prisionero. Muere, para asegurarte que tras de ti no has dejado rastros de ignominia».

«Nada por lo que disculparse»

A pesar de los evidentes crímenes y atentados contra la Convención de Ginebra llevados a cabo por el Imperio del Sol Naciente, no son pocos los nipones que, aún a día de hoy, no reconocen los aberrantes delitos de sus soldados. Con respecto a esto, Rees hace mención en su libro a que, en sus muchos viajes al país asiático, se ha encontrado con personas que han afirmado que «los japoneses no hicieron nada en la guerra por lo que deban disculparse».

En este mismo sentido, y ahora haciendo mención al testimonio de un veterano del país asiático, este explica: «No me siento culpable de lo que hice porque, en la guerra, la gente no puede actuar de un modo normal».