Fotografía de una mina en Francia años 70.

Se inicia la fiebre del carbón por todo el mundo, se cavan profundos pozos en busca del ansiado mineral, el campesino se transforma en minero y el animal, bueno el animal se transforma en su mejor aliado.

Al principio no había electricidad, no había agua potable, ni alcantarillado, no existían las maquinas para transportar objetos pesados. Las herramientas eran simples palas y picos. Es el mundo a las puertas de la Revolución Industrial, cuando antes de las maquinas estaban solo el hombre-minero y un animal, solos los dos en el cruel mundo del carbón.

Antes del surgimiento de las maquinas, entre los lejanos siglos XVIII y XIX, la única manera de transportar las pesadas cargas por entre las laberínticas galerías mineras era gracias a los caballos. El minero, luego de cargar las vagonetas con el mineral, dirigía al caballo, quien tiraba por unos precarios rieles hasta la entrada de la mina.

Estos animales se consideraban de suma importancia en las obras mineras, por eso se cuidaban, alimentándolos bien y, aunque nos suene extraño, una vez al año se le entregaban “vacaciones”; se les permitían salir a la superficie, luego de casi 12 meses viviendo al fondo de la mina; el último día del año el caballo, con sus ojos vendados, salía a disfrutar del aire limpio y de los rallos del sol.

Entre 6 y 8 dias se extendían las vacaciones. Finalizado ese plazo, volvían a las jaulas hasta el fondo del pique.

Baldomero Lillo escribía; “Como todos los que se empleaban en las minas, era un animal de pequeña alzada, la piel, que antes fue suave, lustrosa y negra como el azabache, había perdido su brillo acribillada por cicatrices sin cuento. Grandes grietas y heridas en supuración señalaban el sitio de los arreos de tiro…Ventrudo, de largo cuello y huesudas ancas, no conservaba ni un resto de la gallardía y esbeltez pasadas, y las crines de la cola habían casi desaparecido arrancadas por el látigo, cuya sangrienta huella se veía aun fresca en el hundido lomo”.

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