En ocasiones el infarto y el paro cardíaco se entienden como sinónimos, tienen diferencias muy considerables entre sí.

Estas dos irregularidades cardíacas son dos de los más grandes riesgos a los que se enfrenta un corazón. Sus repercusiones pasan de graves secuelas cardíacas en el afectado a incluso el fallecimiento, especialmente en caso de paro cardíaco. No obstante, coinciden en que la prevención y una vida con hábitos saludables y ejercicio contribuyen al fortalecimiento cardíaco y a hacer menos probable que se produzcan percances en su funcionamiento. Además, los grupos de riesgo se exponen a un peligro mayor por sus circunstancias sanitarias.

El infarto de miocardio

Más conocido como infarto, el infarto de miocardio tiene una clave que lo distingue del paro cardíaco:

Los tiempos.

Mientras que este es prácticamente súbito y afecta rápidamente al funcionamiento del corazón provocando la pérdida de conocimiento de quien lo padece, el infarto conlleva dolores agudos durante horas y no hay pérdida de conciencia. Ahora bien, detectar estos síntomas debe acompañarse de un tratamiento lo más inmediato posible por servicios médicos, ya que puede provocar la muerte del músculo cardíaco que lo sufra y desembocar en paro cardíaco.

La incidencia comienza en la arteria coronaria, responsable de que al corazón le llegue el riego sanguíneo adecuado, cuando un coágulo de sangre bloquea el flujo e impide su circulación. Este bloqueo puede ser resultado del desprendimiento de una placa de ateroma, un trombo que se proyecta sobre una placa previa de aterosclerosis –masas de sustancias grasas que se acumulan en las arterias- e impide que el alimento y el oxígeno que necesita el corazón para su funcionamiento llegue correctamente a su destino.

El tapón que se forma en la arteria coronaria supone que los latidos no sean regulares y se den arritmias, así como un dolor intenso en el lado izquierdo del pecho, unas molestias que se pueden hacer extensivas a todo ese lado del cuerpo. Dado que las células del corazón se quedan sin alimento, van muriendo -necrosis- y debilitando los tejidos cardíacos, de ahí que aunque el infarto no suponga un riesgo mortal desde que tiene lugar, a medida que pasa el tiempo su peligro sigue multiplicándose.

A pesar de que supone un grave riesgo sanitario, la tasa de supervivencia a un infarto suele ser más elevada que la de un paro cardíaco, especialmente cuando se detecta a tiempo y se recibe una pronta atención médica. Sin embargo, cada persona tiene un umbral del dolor distinto y el infarto se puede manifestar con mayor o menor intensidad, así que no siempre se detectan con la inmediatez que sería deseable para el bienestar del paciente.

El paro cardíaco

Al igual que el infarto de miocardio, el paro cardíaco es uno de los principales peligros a los que se enfrenta el corazón de una persona. Sin embargo, a diferencia del anterior, sus efectos son mucho más inmediatos y más graves, si cabe. Cuando tiene lugar este incidente se pierde el conocimiento, el consiguiente desmayo y se entra en parada cardiorespiratoria, el corazón cesa su actividad y, salvo actuación en los primeros minutos con un desfibrilador y maniobras de reanimación cardio pulmonar (RCP), la probabilidad de fallecimiento es elevada.

En este caso, la irregularidad cardíaca también obedece a un incorrecto flujo sanguíneo a través de las arterias que distribuyen la sangre por el organismo, la devuelven al cuerpo y la alimentan de oxígeno para que las funciones corporales se desarrollen correctamente. Esta parada es súbita y el corazón deja de latir hasta provocar la pérdida de conciencia y la necrosis gradual de las células que no reciben el alimento sanguíneo, así que a medida que avanzan los minutos son peores las repercusiones.

Por lo tanto, ante un suceso cardíaco de estas características, la prevención diaria es fundamental. Esta anticipación debe realizarse tanto en los hábitos individuales de buena alimentación y vida saludable como de forma colectiva, mediante un compromiso social hacia la cardioprotección en forma de instalaciones de desfibriladores y el desarrollo de una conciencia colectiva hacia el objetivo de salvar vidas también mediante formación RCP en la ciudadanía.

El infarto de miocardio y el paro cardíaco, pues, se asemejan en que son trastornos muy peligrosos para el bienestar cardíaco y en que se pueden prevenir a base de conciencia diaria, si bien la forma en la que el corazón sufre sus efectos es muy distinta. El resultado del infarto es más gradual y no implica siempre pérdida del conocimiento, si bien en caso de un infarto muy grave puede producirse la parada y pérdida de conciencia, mientras que el paro cardíaco es prácticamente fulminante. Por tanto, la actuación en los primeros minutos marca la diferencia entre la vida y la muerte y sí que implica el desvanecimiento y la pérdida de conciencia.