Hace ochenta años el mundo se horrorizó con el descubrimiento de la realidad de Auschwitz, el escenario de la mayor matanza de la historia humana; un millón cien mil seres humanos asesinados, incluidos más de doscientos mil niños. Pero, más allá de las imágenes y de los testimonios de las víctimas, la realidad de lo que Auschwitz fue y significó ha seguido escapando a nuestra percepción.

Auschwitz, se convirtió en un inmenso taller que trabajaba para la guerra, a la vez que en una fábrica de muerte, donde se acabó arrojando niños vivos a las hogueras, al no dar abasto las cámaras de gas.

Un lugar singular, con funcionarios corruptos, con médicos sanguinarios como Mengele y hasta un burdel para estimular a los prisioneros “muy trabajadores”.


Pero tal vez lo más terrible resulte saber que cerca del 85 por ciento de los miembros de las SS que trabajaron en el campo y sobrevivieron a la guerra han quedado impunes, que ni se arrepintieron ni creyeron necesario excusarse con la obediencia a las órdenes recibidas y que ello no parece escandalizar hoy a sus conciudadanos.

Es necesario despertar nuestras conciencias para que entre todos impidamos que vuelva a haber otro Auschwitz, aunque en todas las guerras los haya en mayor o menor grado y los responsables se marchen de rositas con los bolsillos llenos.