Aquella tarde del 17 de julio de 1936 en un café de Málaga, el coronel Córdova no pudo evitar echar un vistazo a los tres jóvenes antropólogos ingleses que, sentados en un rincón del local, charlaban animadamente sobre una novela acerca de la trágica suerte de tres niños —Elizabeth, Paul y Simon, como se llaman también los tres jóvenes— cuyos padres habían sido condenados a morir en la hoguera víctimas de la cruzada que la Iglesia había emprendido contra la herejía cátara.

“No te sientas tan segura de que los días de la persecución de la heterodoxia hayan quedado atrás”, le previene Simon a Elizabeth bajo la atenta mirada del militar.

Al día siguiente, España entera revienta en una guerra fratricida y sin cuartel, convirtiéndose en un lugar inhóspito para la libertad de pensamiento y en un terreno abonado al odio y la intolerancia donde nada ni nadie estará a salvo de cruzadas, purgas, ejecuciones y traiciones, llámense brigadistas, anarquistas, republicanos, comunistas o militares.

EXILIO